La pequeña abrió su cuento y encontró todas las páginas en blanco. Ignoraba que cada noche la princesa veía en ella y en su madre, con su sencillez, su sonrisa y su bonito collar, una realidad a alcanzar…

La princesa era feliz entre tantas miradas pero cuando el cuento se cerraba se sentía muy sola y un día, de repente, el color que la rodeaba, sus pomposos vestidos y el enamorado príncipe ofreciéndole sus grandes posesiones, no eran nada. Y comenzó a desear las tiernas miradas de los papás hacia sus pequeños, el tiempo compartido como el mayor de los tesoros, la complicidad de pareja, sentir las caricias deseadas y soñar bonito. Quería tener su fragancia personal e inconfundible, llevar ropas ligeras y ese simple collar sin diamantes con tan vivo brillo. Decidió abandonar una vida sin sentimientos, las risas siempre medidas y discretas, las incómodas dudas e ir en busca de satisfactorias certezas. Para lograrlo pidió ayuda a la fuerza sobrenatural de ese ser especial que también existía en su cuento. Y lo extraordinario sucedió.

Y la pequeña guardó el cuento debajo de su almohada y soñó, acertadamente, que la princesa estaba muy cerca.